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Visibilizando a las mujeres en la historia

La historia la han escrito los poderosos, quienes han ostentado cargos y grandes propiedades, siempre en versión masculina. También entre la gente humilde han sido los hombres quienes han acaparado la primera fila de las actividades económicas y representativas de nuestra sociedad, y esta ha sido, necesariamente, una historia a medias

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Poco conocemos de aquella mujer embarazada a la que su grupo dió sepultura hace 3.500 años en las entrañas de Peña Urratxa, ni de las frailas que vivieron dedicadas al servicio de ermitas alejadas como Santa Marina, ni de las beatas que vivían en un caserío de Sologuti, ni de tantas muchachas que se afanaban en completar un buen arreo para el matrimonio, ni de las mujeres que año tras año y en silencio cuidaban de las almas de los difuntos de la casa, ni de las siervas y labradoras que servían con su trabajo a los hombres fuertes del valle, ni de las empresarias del hielo de Gorbeia, ni de las apañadoras de castañas, ni de las vendejeras que bajaban al mercado con sus productos.

Ni de tantas otras mujeres anónimas que atendieron las tabernas y mesones, ni de las molineras, pastoras, carpinteras, cesteras, sirvientas, maestras, tamborileras o panaderas que nunca conoceremos

UNA DEUDA HISTÓRICA. Y porque estamos en deuda con todas ellas y porque en el futuro no puede volver a repetirse, ponemos el foco en una exposición cuya propuesta presenta una relectura de la presencia de las mujeres en la historia y en el discurso histórico, y especialmente en las actividades asociadas a las labores asignadas a ellas y a su invisibilización en términos de relevancia histórica.

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Amores imposibles

Las romerías fueron una vía de escape a las reglas sociales, especialmente estrictas con las mujeres, que envolvían de un ambiente sofocante todo lo relacionado con los enamoramientos

En muchas ocasiones, el enlace se pactaba sin el consentimiento de la joven y con un muchacho que ni siquiera conocía. Es decir, el  casamiento le venía impuesto, siendo su papel el de una mera mercancía vendida al mejor postor. 

Desde que una niña pasaba fisiológicamente a ser mujer, debía actuar con especial recato ya que cualquier gesto, sonrisa o desliz se interpretaría como una deshonrosa incitación a los pecados carnales. Porque, tal y como se determinaba desde los primeros textos bíblicos, era la mujer la que arrastraba al pecado al hombre y no al contrario. Además, sobre la actitud y comportamiento social de las mujeres descansaba todo el honor familiar, regido por unas reglas impuestas y aplicadas primero, por el padre y hermanos y, después, por el esposo, sin que ella tuviese voz.

 

LAS ROMERíAS DE MONTAÑA. En aquel contexto de aprisionamiento moral, resultaba especialmente difícil establecer las primeras relaciones entre chicas y chicos que, guiados por sus impulsos, solo buscaban poder tratarse con naturalidad.

Así, las romerías de montaña se convirtieron en los entornos apropiados para que se diesen aquellos “casuales” encuentros. Peregrinar a un entorno apartado y con baile alegando una fuerte devoción religiosa era la disculpa perfecta. Y cuanto más alejadas fuesen, mayor renombre tenían, ya que era el largo camino el entorno más codiciado para poder relacionarse.

Custodia del más allá

El cuidado de estas almas, la honra de su memoria y el encaminamiento hacia la eternidad celestial recaía sobre la mujer de la casa. No solamente con los difuntos propios sino también con los pertenecientes a la familia de la casa del marido.

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En la concepción tradicional de nuestra existencia, la vida no finalizaba con el fallecimiento de la persona sino que daba inicio a otra vida nueva en una dimensión paralela y cercana, en la que moraban las almas de los difuntos.

Eran entes que convivían en la misma casa. Su presencia se intuía por los extraños ruidos del caserío, cambios de temperatura, olores extraños o comportamiento anómalo de los animales. Hasta se les ponía de comer en diversas celebraciones familiares.

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RITUALES RELIGIOSOS. Tras cada fallecimiento, las mujeres organizaban la vigilia del cadáver y activaban el riguroso luto, cerrando ventanas y cubriendo espejos. En su constricción, renunciaban asimismo a cualquier actividad social que no fuese las de la propia subsistencia o la de velar a los muertos. Eran las mujeres también las que debían acudir sin disculpa posible a las muchas misas celebradas por el alma de la persona difunta.

Ya en el interior de los templos se montaba una especie de altares domésticos, llamados sepulturas, asignados a cada casa. Allí, de por vida, las mujeres debían rezar por las almas de los antepasados, arrodilladas durante horas en unos reclinatorios, a la luz de las velas o cerilleros (argizari-oholak).

Dentro y fuera de casa
Matanza del cerdo

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Las mujeres acometían las labores más amplias y penosas de la matanza, pero no recibían parabienes ni felicitaciones, su papel pasaba desapercibido. Eran los hombres quienes adoptaban la función más honorable, la de dar muerte al animal. Porque hombres eran tanto el matarife como los elegidos para sujetar al animal mientras era sacrificado.

Al contrario que el resto de los animales mayores, el cerdo no ofrecía nada en vida, ya que solo se sacaba algo provechoso de él cuando moría. Dicho de otro modo, la muerte era la finalidad de vida. Es por ello un animal cargado de simbolismo y casi venerable. Y su matanza era un acontecimiento especial, lleno de rituales y de una inamovible liturgia. De hecho, siempre se habla de sacrificar el cerdo, literalmente sacrum facere, ‘hacerlo sagrado’.

Las mujeres realizaban un sinfín de duras tareas. Sus funciones eran numerosas y su trabajo se prolongaba durante días. Solían encargarse de la ingrata labor de recoger la sangre que brotaba del cuello del cerdo, girándola para que no coagulase. Gestionaban también toda la labor restante y elaboraban los diferentes derivados o preparados para embutidos como chorizos y morcillas. Siempre, claro está, que no estuviesen con la menstruación, ya que entonces se consideraba que estaban impuras y echarían a perder toda la matanza: por precaución, había que alejar a aquellas mujeres, no pocas veces haciendo que se sintiesen culpables por su estado.

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LABORES COMPLEMENTARIAS. También correspondían a las mujeres, al margen de las muchas labores propias de la jornada, quehaceres complementarios como la preparación de un refrigerio para los hombres que acababan de participar en la matanza así como atender todas las peticiones que hiciesen.
Y, a pesar de ello, los varones poseían el papel más honorable, el de dar muerte al animal, al considerarse que el matarife era el personaje culmen.
En cualquier caso, era tan reseñable el acontecimiento del sacrificio del cerdo que tenía carácter de fiesta, conocida como txarriboda, literalmente, el banquete, la ‘boda del cerdo’. Eso sí, siempre con especial carga de trabajo para las mujeres.

La relación de las mujeres con la casa no se ha reducido únicamente al desempeño de las labores domésticas y la atención familiar, ya que el caserío, además de hogar, era centro de actividades agropecuarias que había que atender, porque de ellas dependía el sustento de toda la familia

Las mujeres se levantaban temprano para ordenar el ganado y darle de comer, limpiar sus camas, y atender las gallinas y cerdos. Los rescoldos de la noche ayudaban a revivir la llama del hogar con la que preparar la comida, casi siempre un puchero con legumbres o verduras, y un trozo de tocino o carne en el mejor de los casos. Productos propios en su mayor parte que salían de los adobos de la matanza y de la huerta familiar, una despensa imprescindible pero que requería de atención diaria. Y si el trabajo y la mullida tierra procuraban excedentes, las mujeres se convertían en vendejeras y, a pie o en burro, llevaban la verdura, hortaliza y fruta hasta el mercado más próximo, que en Zubiaur podía ser la conocida como casa del azogue.


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TODO TIPO DE TAREAS. Pero las tareas asignadas a ellas eran de lo más variopinto, y sus dedos se entumecían cuando había que tratar con el agua fría de los manantiales, con el porteo de los cántaros llenos sobre la cabeza para la necesidad diaria de la casa, sobre todo cuando había que amasar pan y hacer la colada. Ahí se afanaban en poner las prendas a remojo, introducirlas en la tina, verter el agua caliente sobre la ceniza para que colara entre ellas, dejar en reposo durante la noche y aclararlas en las frías aguas del río. Quehaceres domésticos y mucho más, pues las mujeres trabajaban por igual con la laya para preparar la tierra y sembrarla, para la siega y recolección, para el secado y conservación de los frutos. Eran campesinas y ganaderas, artesanas, amas de casa, madres y esposas. Cuidaban a los suyos y para ellos hilaban, tejían, cosían y remendaban. Eran, en suma, el abrigo de cuantos vivían en la casa y también de sus difuntos

Mujeres, castañas y nieve
Matronas, frailas y beatas
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Al margen de las labores que les eran atribuidas por el simple hecho de nacer mujeres, poco sabemos de otras ocupaciones laborales, especialmente las remuneradas. Sabemos, entre otras, de mesoneras, costureras, panaderas o jornaleras que trabajaban en labores auxiliares para las ferrerías. Pero centrémonos en dos casos singulares

En Orozko fue de gran importancia el negocio de castañas, tanto para consumo propio como para la exportación. Antes de meterlas en unos grandes cercos de piedra llamados “kirikino-hesi” unos hombres vareaban los castaños. Pero la labor más dura era la de las “apañadoras” que, agachadas, debían recoger los erizos con castañas. Tan extenuante que... era una labor asignada a las mujeres.

Era tal el volumen de trabajo que acudían algunas muchachas temporeras de otras comarcas. Y todo finalizaba con una pequeña fiesta en el bosque a modo de despedida.

EL GRAN NEGOCIO DE LA NIEVE. También destacaba antiguamente Orozko por el negocio de la nieve, ya que en sus montañas se hallaban las mayores neveras: grandes agujeros, naturales o artificiales, donde se introducía nieve en invierno y se comercializaba en verano, especialmente en Bilbao.

Pues bien, aquel rentable trajín de hielo comenzó un día de junio de 1632 en Ibarra, con una mujer bilbaína llamada Maribanes (Mari Juana) Atxa Larrinbe que contrató allí a dos muchachos de Gallartu e Igoarritza que le iban a suministrar hielo para varios días.

No pasó ni una semana cuando otra mujer local, Antonia de Olarte, convocó a Maribanes para verse en Zubiaur. Y allí cerraron un contrato de suministro y explotación para seis años, con toda la nieve que pudiese recogerse en las montañas. El alcalde y otros cargos, hombres todos, no fueron más que espectadores de aquella operación mercantil emprendedora liderada por estas dos mujeres y su papel se limitó a ratificar con su rúbrica aquel acuerdo. Desde entonces nada fue igual en Oroz­ko y la nieve fue una de sus señas de identidad.

Una vida para una boda

Algunos oficios han discurrido en el filo de la marginalidad social, quizá por haber sido ejercidos por mujeres, y ello ha supuesto un lastre a la hora de valorarlos como se merecen, a pesar de su dedicación al bienestar de terceras personas.

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MATRONAS, COMADRONAS Y PARTERAS. A todas las personas nos ha parido una mujer y otra nos ha ayudado a venir al mundo. Las matronas aprendían el oficio de otra partera, ayudándola en su labor, a menudo entre madres e hijas, valorando la higiene y manos hábiles y estrechas. Debían ser prudentes y a la vez resolutivas, y sensibles hacia la parturienta, incluso echándole una mano en las tareas del hogar y asistiéndola durante el puerperio. Precisamente, el conocimiento que tenían de algunas hierbas para calmar dolores y evitar hemorragias las puso en el punto de mira de tribunales civiles e inquisitoriales.

Hasta pasada la postguerra cobraban en especie (trigo, huevos, algún producto de la matanza).

 

FRAYLAS Y SERORAS. Solían ser viudas honradas y muy piadosas que cuidaban de ermitas e iglesias, y de todo lo necesario para el culto sagrado, de la provisión de cera para la luminaria, de tañer la campana y del acompañamiento a otras mujeres en el duelo. Conocemos a Helena de Epalza y Marina de Basterra en San Sebasti, a Francisca de Barbachano en Andra Mari, y a Catalina de Beteluri en Santa Marina, quienes vivían de las limosnas que recaudaban entre la feligresía.


BEATAS. No eran monjas de una orden, aunque vestían un hábito cuya regla seguían, viviendo en comunidad. Las beatas consagraban su vida a Dios tras pronunciar unos votos privados ante el clero parroquial. En el s. XV existía un beaterio en una casería de Sologuti, y otro en el s. XVI en un caserío de Ibarra, futuro convento de mercedarias

La función principal para la que se orientaba la existencia de las mujeres en la vida tradicional vasca era la de casarse para formar una familia y procrear.

En resumen, su función consistía en garantizar la pervivencia de la estirpe. Pero a pesar de lo imprescindible de su función, siempre el papel de las mujeres quedaba subordinado al de los hombres. Con el objetivo fijado en el matrimonio, la muchacha debía esforzarse por ser lo más interesante posible para aquel muchacho que la iba a desposar. Así, al margen de una honestidad, recato o pulcritud intachables, debía aportar un gran arreo para que, en lo económico, aquella joven valiese la pena.

 

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EL ARREO. Consistía en una gran dote compuesta por dinero, muebles, utensilios domésticos u otros bienes que se recogían en un contrato como si se tratase de un negocio de compraventa más.

Entre todo lo que aportaba, llamaba la atención una infinidad de ropajes (sábanas, manteles...). De ahí que, desde su pubertad, aquellas jóvenes tenían predeterminado un terreno con lino, a partir del cual, tras un ingrato e intenso trabajo que se prolongaba durante años, lograba acumular una buena dote de sábanas y otros ropajes. Tan grande como fuese necesario para que aquella chica resultase económicamente interesante para el matrimonio.

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